(I) Créeme, no pasó nada más!!!!

Me vi estacionada frente a su casa, a avanzadas horas de la madrugada, con los ojos dormidos en alcohol y lágrimas, y con un frío que creo, no había sentido nunca, y que además no entendía, puesto que el verano estaba muy caluroso ese año. Después de dos meses no podía aceptar ni entender las razones por las cuales la había engañado, o como quieran de manera popular llamarle a esto ; “gorreado”.

Recuerdo aquel día, cuando todo comenzó.

Me llamó a mi trabajo, se notaba muy nerviosa, no sabía como hablarme, eran monosílabos instantáneos al principio, casi un robot emocional, pues claro, no sabía como decirme que había estado con otra chica, se moría por decírmelo y de que no lo supiera por otra persona.

--- “Sólo fue un beso amor, lo juro, créeme, no pasó nada más...”--- (con esa voz de cabra chillona)

--- “solo fue un beso amor, amor”---

Apenas podía responder, quedé en silencio, y sólo
escuchaba...

--- “Perdóname, perdóname...”---

Estaba a minutos de enfrentar una reunión delicada y crucial con un cliente y el Director Ejecutivo (uno de mis tantos jefes) de la
empresa que para ese entonces trabajaba. Y ella hablándome de algo que yo no entendía, algo que me tenía paralizada, helada, contrariada, desconcentrada, con mi frente hecha añico. Me sentía borracha, con mil aztecas bailando en mi cabeza, aturdida, si claro, aturdida, después de 4 años de relación y me decía aquello de la nada, que descaro!...

Le colgué, no pude seguir escuchando, era totalmente inesperado, de veras, no lo asimilaba, trataba de concentrarme en otra cosa, sobre todo en esa reunión y no podía.

Mientras avanzaban los temas en la sala de reunión, lo único que permitía olvidar un poco el drama en mi cabeza, era que mi jefe era un petizo gordito, casi muñequito, rojito, con canitas, que quizás apenas alcanzaba el metro de estatura, pero no era eso en
realidad, lo que me ayudaba a distraerme un poco, sino más bien, que llegado el momento de exponer sus puntos, brotaba de sus entrañas, el muñeco diabólico que llevaba dentro. Mientras lo observaba, imaginaba como se inflaban sus ojos, su cara, su todo y reventaba de rabia al no poder convencer a nuestro cliente de
la calidad de nuestros productos y servicios. Sólo faltaba el zarpazo final del cliente y el petizo de mi jefe saldría volando por la sala, recto a las montañas, y hasta ahí no más llegaba Chucky, por lo menos esa tarde. La inmersión se apoderaba de mis pensamientos, y cada vez me hundía más y más, al no poder apoyar los dichos de Chucky. Logré olvidar por un rato.

En ese tiempo, yo trabajaba fuera de casa, vivíamos juntas, pero nos veíamos 8 a 10 días al mes. El resto era un encierro cordillerano hermoso, relajante e infernal también.

Solicité que cualquier llamado que no fuera de la empresa, no se me transfiriera ni se me avisara, mantuve mi celular apagado el resto de los días que me faltaban para regresar, y es que no quería enfrentar eso de...

--- “Créeme, no pasó nada más...”---